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No tomes decisiones como un borracho

  • PANORAMA GLOBAL
  • 24 nov 2025
  • 3 Min. de lectura


Estaba muy borracho. Le costaba mantenerse en pie. Aun así, decidió conducir. Eran las 3 de la madrugada, de un día de semana cualquiera, y creía que no había tráfico y que no sería multado. Tan sólo tenía que entrar 5 minutos en un tramo de autopista, desviarse y llegar a casa. Pero como iba tan perjudicado, tomó la autopista por el carril contrario. Se convirtió en un conductor suicida. No logró enterarse hasta varios cientos de metros después. Y cuando reaccionó, se paró. Y allí mismo hizo una maniobra para dar la vuelta y colocarse en la dirección correcta. Y tras varias decisiones… llegó a casa. Y lo hizo tranquilo. No había pasado nada, nadie le había multado, no hubo accidentes. Tomó las decisiones correctas porque el resultado fue correcto, o eso creía.


Quizás esta situación te parezca terrible. Aborrezcas a este irresponsable y jamás seas capaz de asimilar que tomó buenas decisiones, aunque no haya ocurrido nada. Si esto es así, eres de quien cree que las decisiones no sólo se pueden analizar por los resultados. Independientemente del resultado, tendríamos que ser capaces de evaluar si una decisión puede o no ser la adecuada.


En las tripas de esta historia está una de las claves del análisis del riesgo y la gestión de la incertidumbre. Porque es fácil evaluar decisiones pasadas, con resultados ya ocurridos. Porque nos plagamos de sesgos que ‘conectan los puntos’ hacia atrás: como si fuera una decisión fácil y predecible —el ‘sabía que saldría bien’—, o una decisión horrible (el ‘ya te lo dije’) cuando salió mal.


Pero es muy difícil adoptar decisiones cuando:


No puedes saber de antemano cuál será el resultado.

Se te presentan varias alternativas, y no es intuitivo saber cuál es la mejor.

Y, como no existe información perfecta, siempre habrá una probabilidad positiva de que ocurra algo difícil de prever, o un resultado no esperado. Aunque creas que tomaste la mejor decisión.

Decidir en estos contextos es un reto apasionante, y un estrés a veces insoportable. La incertidumbre es algo así como esa niebla espesa que se coloca en la noche mientras bajas un puerto de montaña. No ves más allá de unos metros. Tienes que bajar la velocidad, y centrar mucho la atención a las pequeñas cosas que puedan surgir, porque da igual que pongas o no luces largas.


En cambio, el riego es una situación distinta. Eres capaz de, al menos, identificar distintos caminos posibles. No sabes de forma precisa a qué resultados te conducen, pero hay ciertas probabilidades que podrías manejar y que te ayudan a decidir.


Uno de los teóricos más destacados en el campo del riesgo, Peter Bernstein, explica así la definición de riesgo:


«El riesgo y el tiempo son las caras opuestas de una moneda, ya que sin un mañana no habría riesgo. El tiempo transforma el riesgo, y la naturaleza del riesgo está determinada por el horizonte temporal: el futuro es el campo de juego.


El tiempo es más importante cuando las decisiones son irreversibles. Y, sin embargo, muchas de estas decisiones irreversibles deben tomarse en base a datos incompletos.


La irreversibilidad domina las decisiones que van desde tomar el metro en lugar de un taxi, hasta construir una fábrica de automóviles en Brasil, cambiar de trabajo y declarar la guerra».


Si la palabra «riesgo» procede del italiano risicare, que significa «atreverse», entonces el riesgo es más bien una elección que un destino. Decisión implica futuro. Y el futuro, por definición, no es predecible al 100%. Incluso, como decía Einstein, hay una cierta probabilidad positiva (aunque muy pequeña) de que tires un bolígrafo al suelo y éste salga disparado hacia arriba.


Da igual el contexto en el que nos manejemos, ante el futuro siempre hay una combinación de riesgo e incertidumbre que nos pone las cosas difíciles: ¿operamos o esperamos? ¿Me caso o no con esta persona? ¿Tengo o no hijos? ¿Me voy a vivir a esta ciudad? ¿Estudio esta carrera?

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