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La fábula del caballo que sabía multiplicar

  • PANORAMA GLOBAL
  • 24 nov 2025
  • 3 Min. de lectura


En septiembre de 1938, cerca de la ciudad checa de Bratislavia, un feriante polaco malgastaba las pocas ganancias del día en una segunda ronda de cerveza. Cómo sería su cara de desesperación que pronto llamó la atención de un ganadero local que bebía licor de cerezas a escasos dos taburetes de distancia.


Hablaron un buen rato. Compartieron desdichas y consuelos, hasta que, en un momento dado, el ganadero desveló algo fascinante: uno de los caballos de la cuadra era capaz de multiplicar. Pero no operaciones simples de “tres por cuatro”. No. Este caballo era capaz de adivinar el resultado de multiplicaciones de dos dígitos. “O más”- le insistió el ganadero.


Sabida es la inclinación de los polacos a no desaprovechar un buen negocio. Y por lo más sagrado que aquí había uno de los buenos. Un caballo que sabe multiplicar pronto se convertiría en la atracción de la feria.” Y una máquina de hacer dinero…”, pensó el feriante.


Pero antes de comprarlo, pidió un día de prueba para asegurarse de que las habilidades del caballo eran ciertas. Ebrio como estaba de amortizaciones y rentabilidades futuras, ni siquiera paró a preguntar cómo diablos había conseguido el ganadero que su caballo multiplicara. En su lugar, se citaron en la feria al día siguiente.


Llegó el día y el caballo se presentó ante una muchedumbre de curiosos que habían pagado por comprobar que, lo que decía aquel polaco desesperado, era cierto. Como habían acordado el día anterior, el feriante pidió a los asistentes un número de dos cifras al azar.


“El 17”, gritó un anciano desde la esquina. Lo anotó en la pizarra e hizo lo mismo con otro vecino, pero esta vez el número debía ser de tres cifras. “El 133”, escuchó. A espaldas del animal, el feriante hizo la multiplicación: “17 por 133 son 2.261”, murmuró. “¿Estamos de acuerdo?”, dijo en voz alta y esperó la validación general para seguir con el espectáculo.


Con todo listo para arrancar, el feriante preguntó de forma sobreactuada: “Dime caballo que sabe multiplicar, ¿sabrías decirme si 17 por 133 son 3756?”. De ser cierto, como les había prometido, el caballo patearía el suelo dos veces. En caso contrario, sólo daría un golpe.


Para asombro del paisanaje, el caballo pateó el suelo una sola vez y siguió moviendo la mandíbula. El feriante repitió hasta tres veces la prueba fallida, consciente de que así cargaría de expectación el momento final. “¿Y 2.261? ¿Es 2.261 la respuesta correcta? ¿O va a ser verdad lo que dicen estos señores y no sabes multiplicar?”, vociferó.


En esta ocasión, la criatura tardó algo más en responder, pero lo hizo. Y con dos patadas abrió la boca de todos los presentes; incluido el feriante polaco, que no daba crédito de la ganga que acababa de conseguir. El número se repitió tres veces más aquella tarde. Y en todos, el caballo seguía siendo preciso como un reloj.


De noche, volvió a citarse con el ganadero. Pagó su nueva adquisición y, ahora sí, preguntó por el misterio. Estaba dispuesto a compartir las ganancias del día para sonsacárselo. Tres rondas de licor de cereza después, el ganadero soltó prenda:


“El secreto – le confesó- no está en la operación. Podía ser una división o una raíz cuadrada. Ni siquiera en los números. El caballo no sabe multiplicar. ¡Por Dios, si no es más que un animal…!”, dijo, retando la curiosidad del feriante.

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